Marina Barrionuevo
Universidad del Salvador
Asociación Civil Estudio Sahar
info@estudiosahar.com
Resumen: El origen de la Danza Árabe constituye uno de los temas más debatidos dentro de su historiografía. A lo largo del siglo XX surgieron diversas interpretaciones que intentaron vincular esta práctica con cultos de fertilidad, rituales religiosos y tradiciones del Antiguo Egipto. Sin embargo, estas propuestas han sido cuestionadas por la historiografía reciente debido a la ausencia de evidencias históricas que permitan demostrar una continuidad directa entre las danzas documentadas en el Antiguo Egipto y las formas de Danza Árabe desarrolladas desde finales del siglo XIX. El presente trabajo revisa críticamente las principales teorías sobre el origen de la Danza Árabe y analiza las evidencias arqueológicas, textuales e historiográficas disponibles. A partir de una revisión de fuentes del Antiguo Egipto y de las sociedades árabe-islámicas medievales, se sostiene que, aunque la danza estuvo ampliamente documentada en diferentes períodos históricos, la evidencia actual no permite establecer una línea de continuidad histórica ininterrumpida entre esas manifestaciones y las formas de Danza Árabe documentadas desde finales del siglo XIX hasta la actualidad.
Palabras clave: Danza Árabe, Antiguo Egipto, Orientalismo, Historia de la danza.
Abstract: The origin of belly dance is one of the most debated topics in its historiography. Throughout the 20th century, various interpretations emerged that attempted to link this practice to fertility cults, religious rituals, and traditions of Ancient Egypt. However, these proposals have been challenged by recent historiography due to the lack of historical evidence demonstrating a direct continuity between the dances documented in Ancient Egypt and the forms of belly dance developed since the late 19th century. This paper critically reviews the main theories on the origin of belly dance and analyzes the available archaeological, textual, and historiographical evidence. Based on a review of sources from Ancient Egypt and medieval Arab-Islamic societies, it argues that, although dance was widely documented in different historical periods, current evidence does not allow for the establishment of an uninterrupted historical line of continuity between those manifestations and the forms of belly dance documented from the late 19th century to the present.
Keywords: Arabic Dance, Ancient Egypt, Orientalism, History of Dance.
Introducción
El origen de la Danza Árabe constituye uno de los temas más debatidos dentro de la historiografía de la danza. Desde mediados del siglo XX surgieron diversas interpretaciones que intentaron explicar sus antecedentes históricos, vinculándola con cultos de fertilidad, rituales religiosos femeninos, prácticas asociadas a la denominada Diosa Madre y manifestaciones artísticas del Antiguo Egipto. Estas propuestas alcanzaron una amplia difusión tanto en ámbitos académicos como en materiales de formación para bailarines, contribuyendo a consolidar determinadas narrativas sobre el pasado de esta práctica.
Sin embargo, durante las últimas décadas diversos investigadores comenzaron a cuestionar estas interpretaciones. Autores como Shay (2006, 2026), Sellers-Young (2005, 2014), van Nieuwkerk (1995) y Karayanni (2009) señalaron que muchas de las teorías tradicionalmente aceptadas se apoyan en analogías culturales, lecturas especulativas de la evidencia arqueológica y concepciones orientalistas sobre el Medio Oriente. Desde esta perspectiva, la existencia de danza en sociedades antiguas no constituye una prueba suficiente para demostrar una continuidad histórica directa con las formas de Danza Árabe documentadas en períodos posteriores.
En este sentido, diversos estudios han puesto de manifiesto la necesidad de distinguir entre la existencia histórica de la danza en diferentes sociedades y la posibilidad de establecer vínculos de continuidad entre dichas prácticas y la Danza Árabe desarrollada en los últimos siglos. Esta distinción resulta fundamental para evaluar críticamente las teorías que proponen un origen antiguo para la danza y para determinar los alcances reales de las evidencias actualmente disponibles.
El presente trabajo tiene como objetivo revisar críticamente las principales teorías sobre el origen de la Danza Árabe y analizar las evidencias arqueológicas, textuales e historiográficas disponibles. A partir de esta revisión, se propone evaluar los alcances y limitaciones de las fuentes actualmente existentes para determinar hasta qué punto resulta posible establecer conexiones históricas entre las danzas documentadas en la Antigüedad y las formas de Danza Árabe desarrolladas desde finales del siglo XIX.
Las teorías sobre el origen de la Danza Árabe
En líneas generales, las teorías sobre el origen de la Danza Árabe pueden agruparse en tres grandes corrientes. La primera está integrada por las interpretaciones espiritualistas vinculadas al movimiento New Age y al culto de la Diosa Madre. La segunda corresponde a las teorías egiptocentristas, que sitúan el origen de la danza en el Antiguo Egipto. Finalmente, una tercera corriente, representada por diversos investigadores contemporáneos, sostiene que no es posible demostrar una continuidad histórica directa entre las prácticas de la antigüedad y la Danza Árabe actual, proponiendo el inicio de la Danza Árabe entre fines del siglo XIX y principios del XX (Shay y Sellers-Young, 2005).
Dentro del primer grupo, conocido en ocasiones como “Bellydance espiritual”, surgido en los años sesenta y setenta, influyó el feminismo de autoras como Simone de Beauvoir, Betty Friedan y Kate Millett. Este movimiento reinterpretó la danza como herramienta de empoderamiento femenino y de reconexión con formas ancestrales de espiritualidad (Shay y Sellers- Young, 2005).
Diversas autoras desarrollaron teorías que relacionaban el Bellydance con la fertilidad, la maternidad y los cultos matriarcales (Dox, 2005). Entre las más influyentes se encuentran Dinicu (1964), Buonaventura (1990), Al-Rawi (1999) y Stewart (2000).
Dinicu (1964) vinculó la danza con rituales de fertilidad y parto, aunque sin aportar evidencias concluyentes. Por su parte, Al-Rawi (1999) elaboró una historia universal de la danza femenina centrada en la Diosa Madre, incorporando elementos procedentes de la espiritualidad New Age sin sustento sólido. Buonaventura (1990) asoció el Bellydance con cultos de fertilidad presentes en diversas civilizaciones antiguas, llegando incluso a relacionar a Ishtar con Salomé y la denominada “danza de los siete velos”. Finalmente, Stewart (2000) propuso renombrar el Bellydance como “Danza Femenina” y lo consideró el ritual femenino más antiguo de la humanidad.
Estas autoras comparten varios rasgos comunes: la concepción de un origen religioso y ritual de la danza, la centralidad de la mujer y del culto a la Diosa Madre, la idea de una transición desde una danza sagrada hacia una danza de espectáculo y el uso de analogías interculturales para llenar vacíos históricos.
Estas interpretaciones han recibido importantes críticas. Shay y Sellers-Young (2005) sostienen que Buonaventura construye un pasado del Bellydance que combina panteísmo, espiritualidad y primitivismo, vinculando diversas diosas antiguas con el objetivo de transmitir un mensaje feminista y neopaganista. Asimismo, consideran que estas propuestas reproducen algunos de los mecanismos descritos por Said (1978) en su teoría del orientalismo, al presentar un Oriente primitivo, espiritual y antiguo.
En la misma línea, Shay y Sellers-Young (2005) sostienen que numerosas feministas occidentales adoptaron el Bellydance como símbolo de la liberación sexual femenina y romantizaron sus orígenes históricos. En consecuencia, los estudios contemporáneos tienden a considerar estas teorías como construcciones culturales influyentes, pero insuficientemente fundamentadas desde el punto de vista histórico.
El problema metodológico de demostrar una continuidad histórica
Más allá de las diferencias entre las distintas teorías, uno de los principales problemas radica en las dificultades metodológicas inherentes al estudio de la danza en sociedades antiguas. Anthony Shay (2026) señala que gran parte de la literatura dedicada al origen de la Danza Árabe continúa reproduciendo narrativas orientalistas que presentan estas danzas como supervivencias inalteradas de rituales ancestrales asociados a la fertilidad, la espiritualidad femenina o el culto a antiguas divinidades. Oriente es representado como un lugar de gran antigüedad y profunda espiritualidad, inmutable, silencioso, fecundo y femenino.
Tanto los practicantes (que a menudo exhiben diversas formas de exotismo y autoexotizació) como los académicos parecen sentirse atraídos por formas que pretenden ser antiguas. Shay (2026) indica que muchas de estas interpretaciones responden al deseo de atribuir a la danza una antigüedad excepcional, como si su supuesto origen milenario la hiciera más valiosa, significativa o respetable. Desde esta perspectiva, las teorías del origen no solo constituyen explicaciones históricas, sino también mecanismos simbólicos de legitimación. En términos de Hobsbawm (1983), podrían interpretarse como procesos de construcción de tradiciones inventadas, mediante los cuales se establece una continuidad simbólica con un pasado remoto para dotar de autoridad y significado a prácticas contemporáneas.
En esta misma línea, Sellers-Young (2014) sostiene que las percepciones contemporáneas sobre la danza son construidas a través de imágenes, discursos y representaciones culturales que median la forma en que los individuos interpretan tanto el pasado como el presente. Desde esta perspectiva, las narrativas que presentan a la Danza Árabe como una supervivencia directa de prácticas ancestrales deben entenderse también como construcciones culturales contemporáneas y no únicamente como descripciones históricas.
Estas narrativas reproducen, además, algunas de las características que Edward Said (1978) identificó como propias del orientalismo: la representación de Oriente como un espacio antiguo, espiritual, inmóvil y esencialmente diferente de Occidente. Como señala Dox (2006), en ciertos discursos occidentales vinculados a la Danza Árabe estas imágenes son reinterpretadas positivamente como símbolos de sabiduría ancestral, autenticidad y espiritualidad, en contraste con una modernidad occidental percibida como materialista o carente de profundidad. En este contexto, la atribución de orígenes milenarios a la danza no solo busca explicar su pasado, sino también convertirla en depositaria de valores considerados perdidos en el presente. Como consecuencia, la Danza Árabe es presentada frecuentemente como una reliquia superviviente de un pasado remoto más que como el resultado de procesos históricos complejos.
Incluso si aceptáramos la existencia de representaciones de danza en la Antigüedad, ello no implica que podamos reconstruir las formas de movimiento que les dieron origen. Como señala Shay (2026), ningún investigador contemporáneo observó directamente las danzas de las sociedades antiguas; en consecuencia, toda reconstrucción depende exclusivamente de fuentes indirectas. Incluso Shay postula que la reconstrucción de cualquier danza antigua no es posible, y que el uso de fuentes iconográficas está plagado de peligros por las limitaciones propias de las fuentes arqueológicas.
Garfinkel (2003), uno de los principales referentes de la arqueología de la danza, sostiene que las evidencias iconográficas más tempranas muestran formas de danza predominantemente colectivas, realizadas en líneas y círculos. Sin embargo, el propio autor reconoce que dichas representaciones solo registran una pequeña parte de la riqueza del movimiento humano y no permiten establecer vínculos directos con formas de danza posteriores.
Tyler (2010) advierte que las interpretaciones iconográficas pueden conducir a errores significativos, mientras que Shachter (2014) señala que las imágenes bidimensionales conservadas del Antiguo Egipto no ofrecen indicios fiables acerca de los movimientos que inspiraron las escenas representadas.
Uno de los principales problemas radica en el carácter fragmentario del registro arqueológico. Muchas escenas se han perdido, deteriorado o fueron registradas de forma incorrecta. Asimismo, el acceso a determinados sitios continúa siendo restringido.
A ello se suma que las representaciones conservadas son imágenes estáticas. A diferencia de las grabaciones audiovisuales modernas, las pinturas y relieves egipcios no permiten reconstruir secuencias de movimiento de la misma manera. En consecuencia, resulta imposible determinar con certeza cómo se ejecutaban las danzas representadas.
Las convenciones artísticas egipcias constituyen otro obstáculo importante. Bleiberg (2005) señala que la figura humana era representada siguiendo reglas iconográficas específicas: los ojos y los hombros aparecían de frente, mientras que el cuerpo se representaba de perfil. Del mismo modo, las proporciones corporales respondían a criterios simbólicos y jerárquicos más que a una representación naturalista.
Finalmente, existe un problema terminológico. Meyer-Dietrich (2009) identificó al menos dieciocho verbos distintos utilizados para describir acciones que hoy podrían asociarse con la danza. Sin embargo, sus significados variaban según el período histórico y no coincide necesariamente con el de las sociedades actuales. Por lo que, coincidiendo con Shachter (2014), primero deberíamos evaluar que se entendía por danza y que no en el Antiguo Egipto.
Shay (2026) indica que incluso para períodos mucho mas recientes desconocemos, por ejemplo, que hacían exactamente o como bailaban las bailarinas “orientales” que participaron de la Exposición universal de Chicago en 1893. Solo sabemos que los espectadores contemporáneos consideraron sus danzas como excitantes y escandalosas.
Estas limitaciones explican por qué resulta extremadamente difícil establecer una continuidad directa entre las representaciones de danza del Antiguo Egipto y la Danza Árabe actual. La existencia de representaciones de danza en el Antiguo Egipto no constituye evidencia suficiente para afirmar la existencia de la Danza Árabe en dicho período.
La danza en las fuentes históricas
Las críticas metodológicas expuestas anteriormente no implican negar la existencia de danza en las sociedades de la antigüedad. Por el contrario, las evidencias arqueológicas, iconográficas y textuales demuestran que la danza estuvo ampliamente presente en distintas regiones del Medio Oriente y el Norte de África a lo largo de la historia. Sin embargo, como señalan Garfinkel (2003), Shachter (2014) y Shay (2026), la existencia de danza en un período determinado no constituye por sí misma una prueba de continuidad histórica con formas de danza posteriores.
El Antiguo Egipto
Las primeras posibles evidencias de danza en Egipto se remontan al Período Predinástico (ca. 5000 a. C.) y se observan en incisiones y pinturas sobre cerámica, así como en dibujos rupestres. A lo largo de los períodos dinásticos, la iconografía se amplía en escenas parietales de tumbas, sellos, paletas y otros soportes.
Dentro de este corpus destacan las figurillas femeninas con los brazos en forma de U, conocidas como «las celebrantes». En el ámbito de la Danza Árabe suelen citarse como evidencias de la danza del Antiguo Egipto; sin embargo, su interpretación continúa siendo objeto de debate: mientras algunos investigadores las vinculan con rituales, victorias o expresiones de agradecimiento, no existe consenso respecto de su significado exacto. y no existe consenso acerca de su significado preciso.
Durante el período dinástico, la danza aparece documentada en contextos funerarios, religiosos y sociales. El registro iconográfico muestra que formaba parte de procesiones, rituales de paso, banquetes y celebraciones agrícolas (Spencer, 2003; Kinney, 2008; Lexova, 1999). Estas actividades podían ser realizadas tanto por hombres como por mujeres, profesionales o aficionados, en contextos públicos o privados.
Las fuentes textuales también evidencian la importancia de la danza. El escriba Any, en un texto de instrucciones, menciona que “el canto, la danza y el incienso son sus alimentos”, en referencia a las ofrendas destinadas a las divinidades (Cummings, 2000). Del mismo modo, en el relato de Sinuhe, los bailarines forman parte de los honores funerarios que acompañan al difunto hacia su tumba.
Estos testimonios permiten afirmar que la danza ocupó un lugar significativo dentro de la vida religiosa y social del Antiguo Egipto. Sin embargo, como advierten Shachter (2014) y Shay (2026), las limitaciones inherentes a las fuentes disponibles impiden reconstruir con precisión los movimientos, técnicas y significados de estas manifestaciones. En consecuencia, aunque la existencia de danza en el Antiguo Egipto está documentada, la evidencia actualmente disponible no permite establecer una continuidad histórica directa entre estas prácticas y las formas de Danza Árabe desarrolladas desde finales del siglo XIX.
Mujeres tocando instrumentos
Las sociedades árabe-islámicas medievales
Las fuentes textuales producidas durante los primeros siglos del islam ofrecen información más detallada sobre la danza que la disponible para períodos anteriores. Estas fuentes describen artistas, contextos de actuación, cualidades técnicas e incluso terminología específica vinculada a la danza.
Una de las referencias más tempranas aparece en el Kitāb al-Aghānī (Libro de las canciones). Allí se relata cómo Isḥāq al-Mawṣilī, tras una destacada ejecución musical, se levantó y comenzó a bailar movido por el éxtasis generado por la interpretación musical [1] (Sawa, 2015). Este pasaje ilustra como la danza formaba parte de los contextos musicales cortesanos y que existían individuos reconocidos específicamente por sus habilidades como bailarines.
Durante la época abasí, autores como al-Fārābī (870–950) incorporaron la danza dentro de sus reflexiones teóricas sobre la música. Al-Fārābī distingue entre zafn y raqṣ, considerando que ambos constituían formas de organización rítmica del cuerpo, aunque con características diferentes[2] (Sawa, 2015). Su clasificación demuestra que la danza era concebida como un fenómeno digno de análisis intelectual y no simplemente como entretenimiento.
Del mismo modo, Ibn Jaldún (1332–1406) describe la existencia de profesionales especializados en danza, así como repertorios, vestuarios y elementos escénicos específicos. Según su relato, durante el período abasí se desarrollaron espectáculos que incluían canciones compuestas para regular los movimientos de los bailarines, llegando incluso a constituir una profesión diferenciada.
Particularmente relevante resulta el testimonio de al-Masʿūdī (896–956), quien ofrece una de las descripciones más detalladas de la danza. El autor enumera distintos modos rítmicos y describe las cualidades ideales de un bailarín, incluyendo aspectos físicos, técnicos y expresivos. Entre ellas menciona el dominio del ritmo, la flexibilidad corporal, la capacidad de girar, el control de los pies y la creatividad interpretativa.
Las fuentes también documentan la existencia de artistas profesionales como las qiyān, esclavas especializadas en música, poesía y entretenimiento cortesano, algunas de las cuales probablemente incluían la danza dentro de sus repertorios. Del mismo modo, se registran figuras como los mukhannathūn, las ghulāmīyāt y otros artistas vinculados a contextos musicales y performativos.
En conjunto, estas fuentes permiten afirmar que la danza ocupó un lugar significativo dentro de las sociedades árabe-islámicas medievales. Sin embargo, aunque proporcionan información mucho más detallada que la disponible para períodos anteriores, tampoco permiten establecer una línea de continuidad histórica ininterrumpida entre estas prácticas y las formas de Danza Árabe documentadas desde finales del siglo XIX.
Panel de marfil con bailarina
Discusión
Las evidencias examinadas permiten afirmar que la danza estuvo presente en numerosas sociedades del Medio Oriente y el Norte de África desde períodos muy tempranos. Tanto las fuentes arqueológicas del Antiguo Egipto como los textos árabe-islámicos medievales documentan la existencia de la danza en contextos religiosos, sociales, festivos y cortesanos. Asimismo, las fuentes medievales describen artistas profesionales, terminología especializada, repertorios y elementos escénicos vinculados a la danza.
No obstante, la existencia de estas manifestaciones históricas no constituye por sí misma una prueba de continuidad con las formas de Danza Árabe documentadas desde finales del siglo XIX. Como señalan Garfinkel (2003), Shachter (2014) y Shay (2026), la principal dificultad radica en que las fuentes disponibles permiten constatar la presencia de danza, pero rara vez ofrecen información suficiente para reconstruir con precisión movimientos, técnicas, estructuras coreográficas o modos de transmisión.
Esta problemática resulta especialmente evidente en el caso del Antiguo Egipto. Aunque existen abundantes representaciones iconográficas y referencias textuales, las imágenes son estáticas y responden a convenciones artísticas específicas. Como advierte Shachter (2014), incluso determinar qué figuras representan realmente escenas de danza constituye un desafío metodológico. Del mismo modo, Garfinkel (2003) sostiene que la iconografía permite identificar la existencia de danza, pero no reconstruir cómo se ejecutaban efectivamente los movimientos.
Las críticas formuladas por Shay (2026) también permiten comprender por qué determinadas teorías alcanzaron tanta difusión durante el siglo XX. Según este autor, numerosos trabajos sobre danza reprodujeron concepciones orientalistas que asociaban el Medio Oriente con la espiritualidad, la antigüedad y el misterio. En este contexto, atribuir a la Danza Árabe un origen remoto vinculado a diosas, rituales de fertilidad o prácticas milenarias otorgaba legitimidad cultural a una forma de danza que en muchos contextos contemporáneos era percibida principalmente como entretenimiento.
Las propuestas de Dinicu (1964), Buonaventura (1990), Al-Rawi (1999) y Stewart (2000) deben interpretarse dentro de este marco intelectual. Aunque contribuyeron a popularizar el interés por la historia de la Danza Árabe, sus hipótesis suelen apoyarse en comparaciones interculturales, asociaciones simbólicas y reconstrucciones especulativas que exceden lo que las evidencias disponibles permiten demostrar.
Por ello, resulta necesario distinguir entre la existencia histórica de danza en distintas sociedades y la posibilidad de demostrar una continuidad histórica directa entre esas manifestaciones y la Danza Árabe actual. La primera afirmación se encuentra ampliamente respaldada por las fuentes; la segunda continúa siendo una hipótesis que no ha podido demostrarse de manera concluyente.
Conclusiones
Las teorías sobre el origen de la Danza Árabe pueden agruparse, de manera general, en tres grandes corrientes: las interpretaciones espiritualistas vinculadas al culto de la Diosa Madre, las propuestas que sitúan su origen en el Antiguo Egipto y las perspectivas críticas que cuestionan la posibilidad de establecer una continuidad histórica demostrable.
La revisión de las fuentes arqueológicas, textuales e historiográficas permite concluir que la danza estuvo ampliamente presente en las sociedades del Medio Oriente y el Norte de África desde la Antigüedad. Sin embargo, las limitaciones metodológicas inherentes a la evidencia disponible impiden reconstruir con precisión las características de esas prácticas y, por lo tanto, establecer una línea de continuidad histórica ininterrumpida con las formas de Danza Árabe desarrolladas desde finales del siglo XIX.
En consecuencia, el problema historiográfico no consiste en determinar si existió danza en el Antiguo Egipto o en las sociedades árabe-islámicas medievales, sino en establecer qué relación puede demostrarse entre esas manifestaciones y las formas de danza actualmente conocidas como Danza Árabe.
A la luz de las investigaciones recientes, resulta más prudente considerar que la evidencia disponible permite documentar la existencia histórica de múltiples danzas en la región, pero no demostrar de manera concluyente una continuidad directa entre ellas y la Danza Árabe actual. Por ello, las interpretaciones que presentan dicha continuidad como un hecho comprobado deben ser entendidas como hipótesis historiográficas antes que como conclusiones definitivamente establecidas.
Notas al pie
[1] Kitāb al-Aghānī (Libro de las canciones), Anécdota V:353-3.
[2] Kitāb al-Aghānī (Libro de las canciones), Anécdota I:291.
Referencias bibliográficas
Al-Rawi, R. F. (1999). Grandmother’s secrets: the ancient rituals and healing power of belly dancing. Interlink Books.
Bleiberg, E. (2005). Arts and humanities through the eras: Ancient Egypt (2675–332 BCE). Thomson Gale.
Buonaventura, W. (1990). Serpent of the Nile: Women and dance in the Arab world. Interlink Books.
Cummings, J. M. (2000). Temple dancing in ancient Egypt (Tesis doctoral, New York University). ProQuest Dissertations & Theses.
Dinicu, C. V. (1965). Belly Dance and Childbirth. Sexology, April.
Dox, D. (2005). Spirit from the body: Belly dance as a spiritual practice. En A. Shay & B. Sellers-Young (Eds.), Belly dance: Orientalism, transnationalism and harem fantasy (pp. 304–342). Mazda Publishers.
Garfinkel, Y. (2003). Dance at the dawn of agriculture. University of Texas Press.
Hobsbawm, E. (1983). Introduction: Inventing traditions. En E. Hobsbawm & T. Ranger (Eds.), The invention of tradition (pp. 1–14). Cambridge University Press.
Jaldún, I. (1977). Introducción a la historia universal (Al-Muqaddimah). Fondo de Cultura Económica.
Karayanni, S. S. (2009). Dancing fear and desire: Race, sexuality and imperial politics in Middle Eastern dance (2nd ed.). Wilfrid Laurier University Press.
Kinney, L. (2008). Dance, dancers and the performance cohort in the Old Kingdom. Archaeopress.
Lexová, I. (1999). Ancient Egyptian dances. Courier Dover Publications. (Trabajo original publicado en 1935)
Meyer-Dietrich, E. (2009). Dance. En W. Wendrich (Ed.), UCLA encyclopedia of Egyptology. University of California, Los Angeles.
Said, E. W. (1978). Orientalism. Pantheon Books.
Sawa, G. D. (2015). An Arabic musical and socio-cultural glossary of Kitāb al-Aghānī (Vol. 110). Brill.
Sellers-Young, B. (2014). Masculine or feminine, Ancient or contemporary: “Raqs sharqi” and a world of converged images. The World of Music (New Series), 3(2), 123–139.
Shachter, B. (2014). Who is the ancient Egyptian dancer? En K. Soar & C. Aamodt (Eds.), Archaeological approaches to dance performance (pp. 15–29). BAR Publishing.
Shay, A. (2014). The male dancer: Bodies, spectacle, sexualities. Routledge.
Shay, A. (2026). Orientalism and myths of origin. En A. Shay (Ed.), Middle Eastern dance: Histories, theories, performances. Routledge.
Shay, A., & Sellers-Young, B. (Eds.). (2005). Belly dance: Orientalism, transnationalism and harem fantasy. Mazda Publishers.
Spencer, P. (2003). Dance in ancient Egypt. Near Eastern Archaeology, 66(3), 111–121.
Stewart, I. (2000). Sacred woman, sacred dance: Awakening spirituality through movement and ritual. Inner Traditions.
Tyler, J. S. (2010). Reception or deception? Approaching Greek dance through vase-painting. En F. Macintosh (Ed.), The ancient dancer in the modern world: Responses to Greek and Roman dance (pp. 77–98). Oxford University Press.
Van Nieuwkerk, K. (1995). A trade like any other: Female singers and dancers in Egypt. University of Texas Press.
1 comentario
Excelente artículo! Gracias!